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jueves, 9 de enero de 2014

La Educación



Cuando un hijo no guarda el debido decoro en su actitud de vida, se viste de forma inapropiada y con aspecto desaliñado, cuando un hijo responde desairadamente a las observaciones de quien le quiere, le espera y le recibe y cuando un hijo no aprecia la intención de las palabras ni la de los gestos y reacciona con desprecio y sin respeto hacia los consejos de sus superiores en rango o condición, entonces se deduce que él no tiene la culpa de su comportamiento social, ha sido su padre quien ha fracasado en su misión de educador.

Cuando un padre, preocupado por la educación de sus hijos, reclama de ellos la debida atención en las cosas importantes para la vida académica y del trabajo y cuando insiste en la importancia de alcanzar el reconocimiento curricular de los estudios realizados y el significado del respeto hacia la jerarquía profesional en su trabajo y recibe como respuesta al primero la más genuina manifestación de desinterés y observa en el segundo que trata a sus superiores por igual, entonces el padre se da cuenta que ha fracasado en su misión de enseñar a sus hijos los principios éticos en los que se basa el orden de la familia y del trabajo.

Cuando una familia no puede articularse entorno a un mismo tronco de valores, con independencia de las ideologías, y cada individuo progresa dando a sus actos prioridades éticas distintas e irreconocibles entre ellos y, la salvia del respeto deja de fluir, la orgullosa defensa de sus orígenes se difumina, la defensa del patrimonio común se relaja y el egoísmo personal prevalece sobre la utopía de grupo, entonces el padre reconoce su fracaso en la misión de mantener vivo el tronco familiar y muere; y cada individuo, para sobrevivir, deberá hacer germinar su propia especie sobre un conjunto de valores distinto.

11-ago-2008

miércoles, 1 de enero de 2014

Las 11 Varas De Mi Camisa


Las relaciones humanas, y entre ellas también las relaciones familiares, pasan por momentos difíciles que normalmente se superan aderezando la buena voluntad de las partes con grandes dosis de amor, comprensión y generosidad. Suele ocurrir que cuando las relaciones personales atraviesan momentos de menor empatía te encuentras a ti mismo razonando, en calladas conversaciones con tu interior, sobre los pliegues más oscuros de las personalidades de los hombres y mujeres que componen la humanidad que te rodean y que, a la postre, es quien ha modelado tu vida en la forma como la vives. También ocurre que nuestras relaciones cotidianas se basan esencialmente en las facetas más amables de nuestra personalidad, aquellas que se manifiestan en las soleadas y templadas laderas de la vida mientras tratamos de ocultar en el fondo del valle aquellas debilidades, vicios o atavismos que nos avergüenzan. 

Somos conscientes de quién somos y del engaño que el espejo de la sociedad refleja de nuestra personalidad; con toda nuestra carga de virtudes y de vicios, de pecados y de arrepentimientos, de ética y de moral, de valor y cobardía, podemos engañar a los demás pero difícilmente nos engañamos a nosotros mismos; a la postre, siempre sabemos cuando hemos obrado bien o mal independientemente de lo que consigamos que refleje nuestro comportamiento social.

Cuando llegan los momentos trascendentes de la vida, esos pocos momentos de la existencia en los que reflexionas sobre la vida y la muerte, sobre actuar por el sentimiento o por la conveniencia o la oportunidad, cuando razonas sobre la diferencia entre el amor y la pasión, sobre la generosidad y la codicia, sobre el trabajo y la necesidad, sobre la penitencia y el perdón, cuando llegan esos momentos es cuando nos manifestamos en la total dimensión de nuestra personalidad y fijamos la intima y sincera  prioridad que damos a los valores que reconocemos en nuestra personalidad.

Afortunadamente los malos tiempos son pasajeros, duran lo que el destino, la suerte y la inteligencia quieran que dure, pero sabiendo que el trabajo y la honestidad personal siempre tienen su recompensa y que cuando llega la bonanza se devuelve a la vida el sosiego en las relaciones humanas; pero ocurre que mientras tanto ya has escudriñado las cuevas más oscuras en los valles de las personas que te rodean y, aunque después te arrepientas, has enriquecido tu conocimiento sobre la sociedad que absorbe tu vida; te ha fortalecido y, aunque hayas pagado un precio alto por la enseñanza, has aprendido que la bondad y la generosidad son virtudes confesables pero que las sentimos como debilidades en nuestro egoísmo. 

Hace más de 20 años, a raíz de la muerte de mi madre, inicié este pequeño ensayo sobre las varias personalidades que afectan y regulan las relaciones humana. Tenía notas sueltas y deslavazadas sobre este asunto pero me faltaba el aglutinante de las ideas; una larga y serena conversación con una persona muy querida ha servido de catalizador para iniciar la reacción que se produce entre sus elementos y comprender aquello que había observado durante estos años. Todo ello pretendo reflejarlo en este breve ensayo escrito en primera persona. 

Me observo y veo un fuste mórbido que solo puede mantenerse erguido por la fuerza que le proporciona la camisa de once varas que le abraza. Once formas de ser, once ego's que he identificado y que impúdicamente describo aquí.

Quizás me meta en "camisa de once varas" con estas reflexiones porque quizás ni mis hijos, ni las personas que quiero, amo y necesito a mi lado comprendan estos pensamientos por mi incapacidad de trasmitirlos en la justa dimensión que mis sentimientos me dicta. Son once las varas de la camisa que me encorseta pero son las varas que me dan la fuerza para vivir. No podría vivir sin ellas aunque algunas me duelan y me atormenten. Once formas de vida, algunas vividas y otras observadas en el gozo y el sufrimiento que vive la sociedad que me acoge.

Primera vara: lo que quise ser pero no soy, lo que quise hacer pero no hice. Ya se acabó el tiempo, ya nunca podré ni serlo ni hacerlo. Me enfrenté a decisiones trascendentes en mi vida, pude obrar con humildad en favor del conjunto pero dejé que mi orgullo, la ambición y el egoísmo vencieran mi voluntad y con mis actos violenté a la sociedad que me hizo ser lo que soy.

Segunda vara: lo que conseguí por ambición. Nunca supe ni lo que tuve ni lo que tengo. Obsesionado por tener y por poseer dejé de disfrutar del placer de compartir. De qué me sirve poseer lo que no se que poseo si no lo puedo compartir, de qué me sirve comprar lo que no necesito si no lo puedo disfrutar.

Tercera vara: la osada libertad o mejor dicho, la libertad ganada con osadía. Pude ser líder, pero me dio miedo la responsabilidad de serlo. Disfruto de una libertad domada - quizás dominada - por la necesidad de mi cómodo bienestar, solo amo a quien quiero amar, solo respeto a quien necesito respetar.

Cuarta vara: saber dar lo que no cuesta. A nadie engaño con mi falsa generosidad, regalo tiempo y consejos cuando sé que se me devolverán con creces y solo doy lo que me cuesta más mantener. Dialogante, flexible como el junco, recibo los argumentos no para aprender ni compartirlos sino para rebatirlos con melosa suficiencia.

Quinta vara: el precio de la intolerancia. El convencimiento de que tu inteligencia te dicta los argumentos y te da la razón, por encima de cualquier otra consideración, tiene un precio: la incomprensión, el aislamiento y la callada dedicación al estudio que satisface tu curiosidad; busco en la Ciencia y en la Historia el saber desde el cosmos hasta la poesía, desde el fanatismo hasta el erotismo.

Sexta vara: el valor del sacrificio. Sacrificio callado y resignado, la entrega a la causa del amor, la devota dedicación a la familia. Cómplice de inconfesables comportamientos, custodio de arcana información que vas acumulando en tu interior venciendo cada día el deseo de liberarte de tan pesada carga.

Séptima vara: el fruto de la constancia. Llegar a la meta solo lo consigo cuando pongo en valor la fuerza de la constancia y la tenacidad. ¡Cuanto me cuesta! pero experiencia tras experiencia compruebo que ésta es la vara que me hace conseguir los objetivos. No importa si compito con los más listos o los más audaces, si soy constante y tenaz alcanzaré la meta antes que ellos.

Octava vara: el valor de la amistad. Saber estar, saber amoldarte y seguir la estela. Dar al amigo o al compañero ese impulso de ilusión y de esperanza; solo cuando lo necesita, no importan tus razones, solo importa lo que él necesita en ese preciso momento. Mantenerte un paso atrás pero que él sepa que estas allí.

Novena vara: el fruto del valor. Valor para comprometerme con un sueño, arriesgar la vida y el bienestar por un proyecto de vida; luchar para que la utopía no se transforme en quimera... y si fracaso lo volveré a intentar. Lucharé contra los "dream eaters", los ladrones de sueños, los que pronostican mi fracaso, los que no creen en mi sueño.

Décima vara: el refugio interior. Siempre me queda mi "ego", el que nunca me decepciona, el que siempre me acoge cuando se agotan los refugios, las puertas a donde llamar, los cuerpos a quien abrazar. Siempre me queda el refugio de mis pensamientos que sin pudor comparto porque "nadie te conocerá por los pensamientos ocultos" (Gabriel García Márquez), siempre me quedará la fidelidad a mi propia esencia.

Undécima vara: no comprendo porque sigo, debe ser por amor. Esta ultima vara es la única razón que encuentro para seguir donde estoy. Cuando era más joven veía mi vida de ahora de forma distinta, me imaginaba disfrutando de una vida más sosegada, quizás más feliz. Si sigo aquí solo puede ser por amor.

Creo que a todos nos encorseta una camisa con estas mismas once varas. El equilibrio que logres mantener entre las fuerzas de cada vara definirá quién eres. Creo que la personalidad que los demás reciben de ti es el reflejo de la vara que tu hayas elegido como la más prominente; esa es tu decisión de vida y tu privilegio. La elección que hagas dará el justo valor a tu autoridad moral para influir en la sociedad que te rodea. 


Dic-2013

El Cinismo Social


Se ha puesto de moda, y se extiende como una plaga, que ciertos personajes emitan su opinión sobre la vida y las costumbre de los demás. No acabo de comprender por qué produce tanto morbo escuchar la opinión de gente con dudosas credenciales intelectuales que emiten su opinión con total descaro sobre cuestiones que afectan a la interpretación personal de la vida, de los sentimientos, de los usos y costumbres o de las creencias de los demás. Todo se mide por el rasero económico valorado en términos de audiencia de un determinado programa de televisión, oyentes de una radio, tirada de un periódico, revista o ediciones de libros de oportunidad.

Estamos perdiendo el referente intelectual de los pensadores, filósofos y teólogos, quienes lejos de interpretar o juzgar la vida de los demás comunican a quienes quieran escucharlos los resultados de sus razonamientos sobre la vida, el comportamiento social o la evolución del intelecto. Esos sabios, con mentes cultivadas por el estudio y la observación de la sociedad o de la naturaleza, reflexivos y ponderados en sus opiniones; los pensadores han dado un paso atrás, se han recluido en los rincones de sus bibliotecas alejados por la marea de opiniones vacías y oportunistas sobre los comportamientos ajenos. Echo de menos a esos intelectuales capaces de iluminar con sus reflexiones los pensamientos de aquellos que sólo queremos aprender y enriquecer nuestra cultura.

Las voces que han logrado acallar las de los pensadores han copado los espacios de los medios de comunicación; ya no es posible seguir un programa de radio o de televisión o de leer un articulo de fondo en un periódico sin sufrir la continua agresión del insistente anuncio que reclama tu atención hacia los aspectos más sórdidos de nuestra cultura. Esas voces, que a mí me suenan falsas y vacías, son las que se atreven a juzgar el comportamiento de los demás amparados por la demagógica e insultante excusa de la demanda de su público, esas voces nos hablan mientras esconden sus propias miserias al amparo del derecho a su intimidad, del carné o de la nómina de final de mes; esas voces protegen celosamente su intimidad, la intimidad que ellos son incapaces de respetar a los demás al amparo del todopoderoso derecho a la información.

Cada vez me molesta más el cinismo de la sociedad que reverencia a quien juzga los hechos que ocurren en la vida cotidiana. No importa cual sea el posicionamiento ideológico, moral o religioso del interlocutor yo le escucho porque soy un curioso del comportamiento social, pero cada vez más me molesta el cinismo con el que se emiten las opiniones sobre los comportamientos individuales de las personas.

Somos capaces de escuchar atentos a quien denuesta la infidelidad de este personaje con aquella persona sin pensar que quien nos habla con tanta vehemencia y pasión puede que nos esté moralizando mientras sigue aun caliente la cama de su amante, y recibimos constantes lecciones de ética de quien puede que aún le duela el puño que alcanzó la cara de su pareja; y somos capaces de angustiarnos con el reportaje de unos despojos humanos en un cubo de basura sin pensar que los ojos que lo han visto son los mismos que ayer leían la factura del aborto de su hija. Somos capaces de escuchar los consejos morales de un predicador que nos imparte doctrina de abstinencia sexual sin saber si quien habla está todavía gozando el fétido olor del último ano que ha penetrado o de encontrar consuelo en el hombro de aquel que está pensando como sacar mayor provecho a nuestra debilidad.

Cada vez me cuesta más encontrar alrededor de mi la mirada sincera, la voz firme, el pulso sereno de quien nada esconde porque la razón de su saber, el bagaje de su experiencia y el resultado de sus pensamientos es compartirlos con los demás como la mejor de las maneras de enriquecer su propia cultura. Del mismo modo me asombra y me ofende la osadía de quien cuestiona mi creencia en un Ser supremo desde un declarado ateísmo que es incapaz de justificar con la razón; su agnóstica postura, que puedo llegar a compartir, por su y por mi limitado entendimiento humano, incapaz de comprender todo aquello que trasciende de la experiencia, no justifica que desde su postura de ateo ideológico censure mis creencias.

Somos capaces de juzgar con cruel severidad las costumbres y actitudes de civilizaciones lejanas si difieren de las comúnmente aceptadas por el microcosmos de la sociedad que nos rodea, de la sociedad que desayuna a nuestro lado o por la que trabajamos. Tememos que el círculo social que nos rodea nos expulse si nos atrevemos a compartir una reflexión razonada o emitir una opinión de estudio o comprensión de esta o aquella costumbre, o simplemente si no vilipendiamos aquellos extraños individuos que hacen estas o aquellas – para nosotros - barbaridades.

Nuestra sociedad – los individuos que forman nuestra sociedad – nos arrogamos el derecho de juzgar a los demás y censuramos aquellos comportamientos sociales que creemos que nuestro amigo, nuestro vecino o nuestro pariente no aceptarían; no porque nosotros no los aceptemos sino porque pensamos que si lo hacemos seremos apartados del grupo. Y en esa lógica nos atrevemos a juzgar a las civilizaciones que hacen las ablaciones del clítoris a sus niñas sin saber nada – absolutamente nada – de la raíz de esa costumbre que espero que pronto sea erradicada por su propia evolución social, pero toleramos que, desde hace 3000 años, practiquemos la circuncisión de nuestros hijos varones por motivos religiosos (o dudosamente sanitarios); nos atrevemos a juzgar como bárbaros a los pueblos que abandonan a sus ancianos en el bosque para que sean pasto del lobo o sobre un témpano de hielo para que naveguen en busca de aguas más cálidas, pero abrimos el debate para la aprobación de la eutanasia justificada por nuestra discutible interpretación de una muerte digna; y criticamos a la madre hambrienta de una cultura lejana que alimenta con la carne de su hembra recién nacida a su hijo varón porque debe ser capaz de cavar el huerto, pero aprobamos el aborto para preservar la salud mental de una madre que no quiere serlo.

Cada vez me cuesta más ser cómplice de este cinismo social que nos invade. Me cuesta mucho callarme ante la demagogia política capaz de justificar hoy lo que ayer censuraba, de aquellos que imparten premio o castigo por colores, de quienes son capaces de silenciar – de hacer olvidar – sus más íntimas convicciones por inconfesables razones. No me gusta que juzgue mis convicciones quien recita las consignas de aquel que las dicta por razones políticas, quien no es capaz de decir a micrófono abierto lo que piensa en la intimidad; tampoco me gusta que el servidor público que he elegido para que administre mi bienestar abuse del conformismo de la mayoría silenciosa para satisfacer los deseos de las estridentes minorías; del mismo modo censuro al dirigente que no escucha las sinceras opiniones de sus leales colaboradores pero da oído y crédito a interesados rumores lejanos. Pero no pierdo la esperanza, porque quien sólo atiende a quién le da la razón, quien en lugar de razonar y meditar con el que le censura y critíca, lo silencia para no escuchar sus argumentos, solo puede esperar alcanzar el destino que la historia social tiene reservado a los autócratas, a los visionarios, a los demagogos y a los ignorantes poderosos.   

Si, echo de menos a los intelectuales capaces de arriesgar el eco de su palabra por la sinceridad de sus pensamientos. Qué pensaría la sociedad de quien se atreviera a razonar sobre el deseo natural de la paidofilia; y sin embargo la atracción erótica o sexual que una persona adulta siente hacia niños o adolescentes es propia de nuestra naturaleza animal. Alguien juzgará severamente esta frase, quizás alguien que ha intentado sorprender a su hija de trece años mientras salía de la ducha o buscaba en la cola del autobús los cuerpos desinhibidos y contorneados de jóvenes adolescentes; quizás la juzgue aquel onanista que se esconde tras los juncos de una playa nudista o ese padre que besa los labios a su hijo/a y que, más allá de la muestra de cariño, recibe la punzada de la lujuria. Es nuestra inteligencia y nuestra evolución social la que nos dicta que la paidofilia está mal y así lo declaro; pero no comparto la ofendida postura que nuestra sociedad adopta frente aquellas civilizaciones que han llegado hasta nuestro mismo tiempo y espacio por un camino de evolución cultural distinto al nuestro en el que la practica de la paidofilia no solo es tolerada sino que, como muestra de buenos anfitriones, es compartida con sus más ilustres invitados.

Y por ello no me gusta el cinismo de esos mismos ilustres invitados que, de regreso a la comodidad de su sociedad, critican aquellas prácticas después de haber gozado de las carnes frescas y duras que le fueron entregadas como el mejor de los presentes en sus viajes a África, la India, el Sud-Este Asiático o las frías tierras por encima del paralelo 60º. Siento mucho haber podido ofender a algún ilustre lector con estas opiniones pero lo que a mi me ofende es que seamos tan cínicos que cerremos los ojos a esa repugnante práctica si la cultura que la practica puede aportarnos algún beneficio. Probablemente omitirán esas experiencias en sus informes de viaje y lo acallarán en los medios de comunicación si esa civilización, tan lejana de la nuestra, puede aportarnos el petróleo que necesitamos, las maderas que no tenemos, los desarrollos de soft-ware que precisamos, la pesca que hemos agotado en nuestros caladeros o si nos sirve de sumidero para nuestra chatarra o basura.

Somos demasiado cínicos. Nuestros medios de comunicación han sido capaces de modular la intensidad de las críticas a las prácticas “democráticas” de China en función de nuestro ranking en el medallero. Ni una palabra sobre Cuba, ni una simple comparación entre los presos políticos de uno y otro lado de la verja de Guantánamo. Me ofende quien enarbola cualquiera de las banderas tricolores pre-constitucionales como símbolo de un orden social diferente al que nos rige pero censura a quien defiende y postula una ideología contraria a la suya. Para mi concepción social de la vida es demasiado cínica la cómoda tolerancia que la mayoría de nuestra sociedad manifiesta hacia las minorías.

Juzgamos a las personas, a los pueblos y a las civilizaciones que cohabitan con nosotros, que comparten nuestras mismas señales de satélites, que sufren nuestra misma carencia de energía o de agua potable sin pararnos a pensar que ellos han llegado hasta nuestros mismos días por los avatares de una historia distinta que ha configurado un orden social diferente, ni mejor ni peor, solo diferente. Los censuramos y los insultamos por sus comportamientos individuales y colectivos pero ello no nos impide usar sus tecnologías para mejorar nuestro bienestar, usar sus mercados para vender nuestros productos o utilizar su sistema educativo para formar a nuestros hijos cuando el sentimiento de padre se sobrepone a los estúpidos atavismos ideológicos.

No me creo capaz – todavía – de elaborar una conclusión a estas reflexiones, mi cinismo me lo impide.

27-ago-2008

martes, 26 de noviembre de 2013

Sobre la Amistad

El amor te obsesiona y confunde mientras que la amistad ilusiona e ilumina,
El amor te ata en el compromiso mientras que la amistad libera el compromiso,
El amor da forma a la vida mientras que la amistad es una forma de vida,
El amor te exige renuncia mientras que la amistad te da libertad,

marzo 2010

sábado, 2 de noviembre de 2013

La Falacia de la Reducción de Plantillas

Regular la bondad de la Cuenta Económica de las empresas, especialmente la de las empresas industriales, utilizando la reducción de las plantillas como elemento regulador y pretender que ese sea el mejor método para sanear su economía es, posiblemente, la gran falacia empresarial de nuestro sistema de generación de riqueza.

La reducción de personal en un sistema productivo pone de manifiesto algunas evidencias, de las cuales, la más notable es la incompetencia de la dirección ejecutiva de la empresa para cumplir con la misión social que el empresario ha asumido voluntariamente. Sorprende que la sociedad asuma con tanta indiferencia que las empresas presenten expedientes de regulación de empleo –los tan famosos ERE− cuando estos representan la mayor y más degradante agresión al progreso de la propia sociedad. La reducción de plantilla en los sistemas productivos no solo reduce la capacidad de generar valor añadido en el sector industrial sino que destruye una alícuota parte de la capacidad de consumo del tejido social y por lo tanto atacan al bienestar en su línea de flotación.

Hay otras evidencias que se manifiestan en una indeseada reducción de plantilla, todas ellas concatenadas entre si, como son la obsolescencia del sistema de gestión, el desatino en la justa remuneración del trabajo, la incapacidad de delegar y reclamar responsabilidades, el exceso de los costes no directos o de los gastos estructurales no necesarios; todas ellas y otras más son, en gran medida, derivadas de la más evidente, la incapacidad de la dirección de la empresa de ejercer su trabajo de forma responsable y competente.

Si analizamos el escandallo de los productos industriales podemos observar que el peso del coste empresarial de la mano de obra sobre el coste total del producto “ex−work” oscila entre el 5 y el 15% para la mayoría de los productos y raramente alcanza el 20% en aquellos productos considerados como “labor−intensive”. Es paradójico que los segundos los solemos importar de los países que los producen para lanzar sus economías mientras que preñamos el coste de los primeros con escandalosos costes indirectos que no son más que la evidencia de nuestra propia falta de rendimiento productivo (eficiencia).

Todos los días podemos leer en la prensa que las autoridades competentes han aprobado un ERE sobre –más o menos− el 15% de la plantilla de alguna empresa. Supongamos que el coste del producto de esa empresa es 100 y que el peso del coste de la mano de obra en su escandallo es del 20%; pues bien, en un caso tan normal y extendido como este, la reducción del coste final del producto que se podrá conseguir con un ERE será un exiguo 3% (15% del 20% = 3%). Supongo que coincidirán conmigo que no es creíble ni defendible que la dirección ejecutiva de esa empresa no pueda encontrar ese 3% de reducción de coste entre los capítulos de coste (gastos) indirectos sin tener la imperiosa necesidad de agredir al tejido social de la sociedad; y como sugerencia les invito a que busquen esa reducción de coste entre los gastos personales que los directivos cargan impunemente a la empresa, los viajes personales, los cargos de sus tarjetas de crédito, las cuentas de móviles desorbitadas, las prebendas a terceros de dudosa rentabilidad, las compras innecesarias dirigidas a suministradores “amigos” y un sinfín de voces que si fueran destiladas y depuradas de las cuentas económicas de las sociedades generarían ahorros mucho más significativos que los producidos por un ERE.

Cuando una compañía aplica un ERE sobre su plantilla se produce una cadena de efectos perversos. No debemos olvidar que la misión social de las empresas es generar valor añadido para crear riqueza y bienestar social. Pues bien, cuando un trabajador sale del ciclo productivo y su sustento deja de ser generado por el valor de su trabajo y se convierte en una carga pasiva de la sociedad, ocurre que ese individuo también sale del ciclo general del consumo que es el que hace girar la rueda de la economía y se convierte, involuntariamente, en un mero generador de gasto para la sociedad.

Pero el empresario, cuando recurre a este tipo herramientas para mejorar el resultado económico de su compañía a corto plazo, no es el único responsable de esta perversión. El poder legislativo que pone a disposición de la sociedad las leyes que amparan estas prácticas mercantiles y los sindicatos que renuncian a su sagrado fin de proteger al trabajador y su trabajo son co-responsables de este sistema vicioso que se ha convertido en el caldo de cultivo de la más irresponsable picaresca.

En España hay cerca de los 500.000 trabajadores que están –mano sobre mano− afectados por expedientes de regulación de empleo. El valor añadido medio-anual del trabajo industrial en España es del orden de 30.000 € por cada trabajador. Por lo tanto, esos 500.000 trabajadores tienen un potencial de producir 15.000 millones de Euros al año, que, dicho sea de paso, buena falta nos hacen en nuestra maltrecha economía. Pero, ¿qué se necesita para que se materialice esa generación de riqueza? Pues bien, necesitamos una Administración Pública (Central, Autonómica y Local) que proporcione los cauces empresariales facilitando la implantación de industrias mediante la exoneración temporal de impuestos, la implantación de viveros empresariales y la donación de suelo industrial; unos Sindicatos que faciliten y promocionen la movilidad laboral, la flexibilidad en los calendarios laborales y que aligeren y profesionalicen sus propias estructuras; y unos Empresarios audaces y dinámicos que sepan utilizar todas las ventajas y ayudas que las leyes le proporcionan, que comprendan que los “pelotazos” son pan para hoy y hambre para mañana y que tomen conciencia de que la empresa no es su cortijo, que la Empresa es un ente vivo con personalidad jurídica propia y que ellos son solo sus administradores.

No es tan difícil, solo debemos tomar la decisión de hacerlo colectivamente y después actuar individualmente.


30 de marzo de 2011

jueves, 31 de octubre de 2013

Sobre los Gestores de Empresas

El buen jardinero se ocupa de que el agua que utiliza para regar caiga dentro del tiesto de sus flores o el alcorque de los árboles, no quiere que el agua se derrame sobre la arena estéril o el pavimento solado. El buen jardinero sabe que el efímero frescor que proporciona al transeúnte una acera regada ha sido a costa de desperdiciar los ricos nutrientes que arrastra el agua. El buen jardinero sabe que sus flores y sus árboles echarán de menos esos nutrientes en la próxima sequía o durante el letargo del invierno. El buen jardinero sabe que si no vigila su riego las flores acabarán prematuramente marchitas y los árboles raquíticos serán incapaces de dar frutos y la deseada sombra.

El buen gerente, al igual que el buen jardinero, se ocupa de “regar” la estructura de su empresa. El buen gerente sabe que el dinero es el alimento de su bien más preciado, los trabajadores de su empresa, porque sin ellos no tendría nada. Las gratificaciones y los incentivos no son más que el abono que ayuda a una rápida floración o a corregir las extremas condiciones del último estío pero sabe que el riego constante del justo salario por el trabajo desempeñado es lo que mantiene la empresa a flote, pujante y capaz de presentar batalla a los competidores.

Cuando un gerente “riega” fuera del tiesto de su empresa debe saber que es observado y juzgado por sus empleados. Debe medir muy bien el caudal económico que derrama porque en las empresas no hay secretos y los trabajadores saben que ese caudal que se paga fuera de la empresa es fruto de su trabajo y que no le está siendo remunerado. Cuando esto ocurre los árboles de la estructura se vuelven raquíticos, el afán por el trabajo bien hecho languidece y la rentabilidad de la sociedad entra en una diabólica espiral de ineficacia y entonces ocurre que los pilares de la estructura buscan refugio en otras gerencias y que los competidores otearán las plantas con buenas semillas para trasplantarlas a sus tiestos porque por muy raquíticas que parezcan saben que con un buen riego volverán a entregar lo mejor de si mismos.

Los trabajadores de la empresa, lo que algunos llaman el cuerpo social de la empresa, son, al igual que los ciudadanos respecto de sus gobernantes, mucho más listos que sus dirigentes y saben diferenciar muy bien lo que es justo de lo injusto, lo útil de lo inútil, lo necesario de lo superfluo y lo saben porque ellos forman parte del mercado – son el mercado – al que su empresa abastece. Este hecho es algo que los dirigentes olvidan con frecuencia; los dirigentes suelen hablar del mercado como un ser individual con su propios deseos y demandas y frecuentemente se olvidan que los trabajadores de su empresa son parte de ese mercado, que los trabajadores de su empresa producen bienes o servicios que ellos mismos consumen y será muy difícil que el dirigente o el gerente de la empresa pueda enseñarle al trabajador algo sobre el comportamiento de ese mercado porque ellos son el mercado.

Por ello, cuando los trabajadores de las empresas perciben que con su trabajo el gerente paga bienes o servicios ajenos a la esencia de su mercado lo primero que hacen es ponerse en alerta, en actitud de observación y se produce algo inevitable de la condición humana, los granos de arena se convierten en montañas; cada cual transmite información enriquecida con su imaginación; se achacan males presentes a hechos pasados por la intima necesidad de justificar la situación; y también asoman a este escenario los que, aprovechando incidencias normales del trabajo, generan bulos maldicientes para que crezca su cuota de poder o de presencia social.  Y en ese clima de insatisfacción e inseguridad, se produce la inevitable perdida de productividad que genera la perdida de rentabilidad que da motivo y razón a todo lo anterior.

El buen gerente, al igual que el buen jardinero, debe preocuparse de administrar bien el capital de la empresa y no derramar recursos fuera del tiesto. Solo así podrá justificar que el fruto del trabajo de sus trabajadores pueda ser empleado con mesura y pronta rentabilidad en otros fines, en iniciativas suficientemente valoradas ajenas a su mercado natural. Son muchos los ejemplos que nuestra maravillosa sociedad de la información nos ofrece para ilustrar estos hechos; basta observar la actitud de los dirigentes de algunas sociedades para poder pronosticar el destino de las empresas que dirigen.

Las grandes empresa que presentan balances sólidos fruto de un progresivo crecimiento histórico – y no hago ninguna observación sobre la velocidad de su crecimiento – normalmente son dirigidas por personas que guardan una actitud social austera sin que su austeridad en el trabajo tenga nada que ver ni con su riqueza ni con su nivel de vida.

Sin embargo hay todo un conjunto de empresas que están en continua turbulencia, que buscan y encuentran refugio de supervivencia en la subvención pública cuando no en las “opas”, los ERE o las Suspensiones de Pago; gerentes para quienes la especulación, la picardía y el pelotazo son su forma de hacer negocio a costa de la estabilidad de los trabajadores que le han encumbrado. Suele ocurrir que los dirigentes de este tipo de empresas parece que sienten la necesidad, se creen en la obligación, de estar permanentemente en el centro de la intriga política cuando no son su mismo corazón y por ello consideran adecuado cargar a la cuenta de resultados de la empresa gastos ajenos al desarrollo de su negocio sin reparar que esa cuenta de resultado esta siendo alimentada por el trabajo de sus trabajadores.

Las empresas que son dirigidas por este tipo de dirigentes suelen acabar como los árboles del mal jardinero, débiles y secos, esperando la llegada de un buen jardinero que los riegue, los pode y los injerte para volver a brotar y florecer.

28/11/2008




martes, 29 de octubre de 2013

La Tiranía (Platón)

Platón, s.IV a.C.

" Quando un popolo, divorato dalla sete di libertà, si trova ad avere dei mescitori che gliele versano quanta ne vuole, fino ad ubriacarlo, allora accade che se i governanti resistono alle richieste dei cittadini sempre più esigenti, sono denunciati come tiranni. E avviene anche che chi si dimostra disciplinato è definito un uomo senza carattere; che il padre impaurito finisce per trattare il figlio come suo pari, e non è più rispettato, che il maestro non osa rimproverare gli scolari, e costoro si fanno beffe di lui. In questo clima di libertà, e nel nome della medesima, non vi è piú riguardo né rispetto per nessuno. In mezzo a tanta licenza, nasce e si sviluppa una mala pianta: la trannia".

(Traducción propia)

 "Cuando un pueblo, devorado por la sed de libertad, encuentra a quien la escancia y le sirve cuanta quiere, hasta emborracharlo, entonces sucede que si los gobernantes se resisten a las demandas de los ciudadanos cada vez más exigentes, son denunciados como tiranos. Y también sucede que quien se manifiesta como disciplinado es definido como un hombre sin carácter; que el padre amedrentado termina por tratar al hijo como su igual, y ya no es respetado, que el maestro no osa regañar al estudiante y estos se burlan de él. En este clima de libertad y en nombre de la misma, ya no hay cuidado ni respeto por nadie. En medio de tanta permisividad, nace una mala hierba: la tiranía".

Mahatma Gandhi

La oración de Mahatma Gandhi

Mi Señor...
Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes
Y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.
Si me das fortuna, no me quites la razón.
Si me das éxito, no me quites la humildad.
Si me das humildad, no me quites la dignidad.
Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla,
No me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar igual que yo.
Enséñame a querer a la gente como a mí mismo.
No me dejes caer en el orgullo si triunfo
Ni en la desesperación si fracaso.
Más bien recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo.
Enséñame que perdonar es un signo de grandeza
Y que la venganza es una señal de bajeza.
Si me quitas el éxito, déjame fuerzas para aprender del fracaso.
Si yo ofendiera a la gente, dame valor para disculparme
Y si la gente me ofende, dame valor para perdonar.
¡Señor... si yo me olvido de Ti, nunca Te olvides de mí!


La máxima de vida de Mahatma Gandhi

Cuida tus Pensamientos porque se volverán Palabras.
Cuida tus Palabras porque se volverán Actos.
Cuida tus Actos porque se harán Costumbre.
Cuida tus Costumbres porque forjarán tu Carácter.
Cuida tu Carácter porque formará tu destino
Y tu Destino será tu vida…

El Compromiso

El compromiso, como la obligación contraída por la palabra dada, es probablemente el vínculo más importante que une al hombre con sus semejantes. Cuando una persona asume un compromiso con la sociedad está declarando que se dedicará, de forma responsable y solidaria, a cumplir las obligaciones contraídas por la palabra dada.

Desde esta perspectiva resulta sorprendente la ligereza con la que las personas, que de forma pública se comprometen con la sociedad, violentan su responsabilidad en el cumplimiento de su compromiso. Y me refiero no solo a los políticos, cuyo ámbito de vida se sustenta en un compromiso tan publico como un programa electoral, sino también a los empresarios cuyo compromiso se sella y firma en los estatutos de las Empresas que dirigen; también me refiero a los trabajadores y sus representantes sindicales, que tienen el compromiso de dar a su empleador el trabajo por el que se le paga y también me refiero, por ejemplo, a los hombres de las diversas iglesias que sellan sus compromisos con los votos que sus doctrinas les demandan o a los libres profesionales, que son juez y parte del valor de su aportación a la sociedad.

Cuando el pasado día 23 de diciembre leí el magistral articulo de Ignacio García de Leániz, “Réquiem por Nuestros Bancos y Cajas”, me preguntaba dónde ha quedado el compromiso contraído por el Erario Público de vigilar el patrimonio social de los ciudadanos; o dónde está el compromiso de las Instituciones Financieras de dar el justo rendimiento al capital que los ciudadanos depositaron en sus cuentas y cartillas; y dónde está el compromiso de los trabajadores de ambos sitios – Instituciones Financieras y Estado – de volcar su mejor saber y profesionalidad para que no ocurra lo que está ocurriendo.

Cuando un trabajador desarrolla su trabajo honestamente y la Empresa para la que trabaja no le paga, es una vileza; no se justifica ni por las caídas del mercado ni por los impagos de los clientes. Es un dolo del empresario por no cumplir con las obligaciones que le impone su compromiso con la Empresa. Si el mercado cae, el sistema pone al servicio de las Empresas los mecanismos reguladores necesarios para corregirlo, y es responsabilidad del administrador de la sociedad utilizar esos mecanismos de forma ágil y oportuna para que el ente “Empresa”, ese animal de vida propia, siga viviendo, creciendo y multiplicándose; y si son los clientes – privados o públicos – los que no pagan, también el sistema le ofrece los medios que se han de aplicar para recibir el cobro, porque la Empresa es un ser con personalidad propia que no entiende, ni sabe ni debe saber de los compromisos personales o políticos de su administrador.

Cosa bien distinta es cuando las personas, los trabajadores, que hacen girar las ruedas de la Empresa o del Estado no cumplen con sus compromisos, y de eso sabemos mucho en España. Las ausencias injustificadas, la dedicación del tiempo remunerado por la Empresa o por el Estado a tareas que nada tiene que ver ni con su objeto ni con su fin social; el uso y abuso de los servicios públicos o privados para cuestiones personales; la desviación de fondos para “fines inconfesables” enmascarados como inversiones estratégicas; la desidia o irresponsabilidad de los trabajadores, funcionarios y administradores, los primeros por presentar gastos y facturas personales y el último por pagarlas, que sacan a ese ente llamado Empresa o Institución Pública de los parámetros de rentabilidad y servicio para los cuales han sido diseñados.

Somos los trabajadores de este, y de cualquier otro país, los únicos capaces de generar con nuestro trabajo, valor añadido para nuestras vidas y sociedad, y somos los trabajadores, cada uno en la misión que la sociedad le ha encomendado, es decir: el político administrando y legislando sobre lo público, el empresario administrando lo privado, los trabajadores dando el trabajo y los libres profesionales vendiendo la sabiduría de su profesión, los únicos responsables de que así sea. La Empresa y las Instituciones Públicas son solo los instrumentos que la sociedad ha diseñado para encauzar nuestro trabajo hacia ese fin de una forma ordenada. Por ello lo que Ignacio García de Leániz nos desvela en su artículo nos debe hacer reflexionar, porque cuando este o aquel banco declara que tiene un agujero de mareantes cifras – algunas de ellas mayores que el presupuesto nacional de muchos Estados independientes – tenemos la tendencia de subirnos al pedestal y, como un Pilatos cualquiera lavarnos las manos, y juzgar al Banco o a la Caja de turno como si la institución fuera la responsable de tal desaguisado, sin reparar que ese banco o caja es un ser pasivo cuyo éxito o fracaso, cuyo bien-o-mal-hacer será solo y exclusivamente el que sus trabajadores, desde el presidente al botones, hayan querido, cumpliendo o no cumpliendo su compromiso.

Y esto es aplicable a la Empresa de automóviles que cierra sus puertas porque sus administradores gastaron caudales de forma inapropiada, a la tienda que echa el cierre porque su dueño no supo adecuarse al mercado, al ebanista que se jubila sin trasmitir su saber a la siguiente generación, al político que solo legisla para el voto que le afirma en su poltrona, y a todos aquellos que consiguen que la empresa pague sus gastos personales, los que llegan tarde al trabajo y después de fichar se van a desayunar, los que se montan viajes innecesarios para llevar a la familia, …y no sigo porque todos saben a lo que me estoy refiriendo.

Tenemos la tendencia de pensar que lo que nosotros hacemos esta justificado mientras criticamos – en lugar de denunciar – lo que hace el vecino, y tenemos esa tendencia porque nos sentimos en un permanente estado de culpabilidad que nos censura en nuestra intimidad.

El castellano tiene una palabra que lo define de forma magistral, los trabajadores españoles – en su más lata definición – procrastinamos en exceso, dedicamos nuestro tiempo y atención en una larga lista de actividades que nada tienen que ver con nuestras obligaciones porque no queremos, o no sabemos, afrontar nuestra responsabilidad.

Procrastinar es continuar aplazando algo que debería hacerse, a menudo porque resulta molesto o aburrido y, para acabar de matizarlo, procrastinar es algo así como dejar para otro día por pereza o desidia algo que tarde o temprano hay que hacer, y que más valdría que se hiciera pronto. Y como decía antes, los españoles procrastinamos en exceso.

El Gobierno procrastina cuando no legisla para la mayoría y dedica todo su tiempo a cuestiones que le satisfacen pero que solo interesa a unos pocos; y lo hace la Oposición cuando enfoca su labor hacia el enfrentamiento personal en lugar de estructurar y comunicar las alternativas legislativas que debe proponer a los ciudadanos; y el Banquero procrastina cuando “se divierte” en ser generoso y altruista con fundaciones que se alimentan con el dinero de sus clientes; y lo hace los clientes, que son trabajadores, cuando aportan lo mejor de si mismos en navegar por Internet, en llamar a su madre, en citarse con su novia o en estériles reuniones en lugar de ejecutar el trabajo pendiente.

Por todo ello, creo que debemos reflexionar sobre nuestra aportación a la sociedad y tomar consciencia de la situación en la que estamos. Que solo con nuestro compromiso con el trabajo podremos reponer el brillo y el esplendor al Estado que nos acoge, el que fue cuna de las más altas hazañas, de las más relevantes manifestaciones del arte y de la música y cuna de las mentes más creativas.

Nuestra idiosincrasia nos prohíbe reclamar a los demás la responsabilidad por no cumplir sus compromisos – nuestra cultura es así de tolerante – pero cada uno de nosotros sabemos cual es nuestro compromiso con la sociedad y sabemos cuando estamos procrastinando en su cumplimiento.

27 de diciembre de 2009.

lunes, 28 de octubre de 2013

Desiderata

Escrito anónimo:


Anda plácidamente entre el ruido y la prisa y recuerda qué paz puede haber en el silencio. Vive en buenos términos con todas las personas, todo lo que puedas, sin rendirte. Di tu verdad tranquila y claramente; escucha a los demás, incluso al aburrido y al ignorante; ellos también tienen su historia. Evita las personas ruidosas y agresivas sin vejaciones al espíritu. Si te comparas con otros puedes volverte vanidoso y amargo; porque siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú. Disfruta de tus logros así como de tus planes. Mantén el interés en tu propia carrera, aunque sea humilde; es una verdadera posesión en las cambiantes fortunas del tiempo. Usa la precaución en tus negocios porque el mundo está lleno de trampas. Pero no por eso te ciegues a la virtud que pueda existir; mucha gente lucha por altos ideales y en todas partes la vida está llena de heroísmo. Sé tú mismo. Especialmente, no finjas afectos. Tampoco seas cínico respecto del amor porque frente a toda aridez y desencanto el amor es perenne como la hierba. Recoge mansamente el consejo de los años renunciando graciosamente a las cosas de la juventud. Nutre tu fuerza espiritual para que te proteja en la desgracia repentina. Pero no te angusties con fantasías. Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad. Junto con una sana disciplina se amable contigo mismo. Tú eres una criatura del universo, no menos que los árboles y las estrellas; tú tienes derecho a estar aquí. Y te resulte evidente o no, sin duda el universo se desenvuelve como debe. Por lo tanto mantente en paz con Dios, de cualquier modo que lo concibas y cualesquiera sean tus trabajos y aspiraciones, mantén en la ruidosa confusión, paz con tu alma. Con todas sus farsas, trabajos y sueños rotos, este sigue siendo un mundo hermoso. Ten cuidado, esfuérzate en ser feliz.

Año 1693. Encontrado en la vieja Iglesia de Saint Paul de Baltimore

sábado, 15 de diciembre de 2012

La Politica de lo Negativo


Hace 8 años, en junio de 2004, escribí el siguiente articulo que mandé a varios periódicos con ningún éxito; parece que a ningún redactor le interesó mi opinión. Aquí lo reproduzco para ustedes, creo que sigue siendo de rabiosa actualidad.

La política de lo negativo
A mi me parece que no es necesario cebarse en los errores del contrario para defender los propios argumentos; y sin embargo, esta es la única forma argumental que se oye y se lee en el desarrollo de la política nacional durante las últimas legislaturas.

El "…y tú más" que usábamos en el colegio cuando se nos agotaban nuestros pobres diálogos es la forma argumental que se ha institucionalizado en los últimos tiempos para la "vendetta" de los gobiernos contra su oposición y por las humilladas oposiciones contra su gobierno. Los decretos ley con los que se zanjan las controversias políticas y que después terminan en el Tribunal Constitucional, me recuerdan mucho el lapo con el que concluíamos las discrepancias en el patio del colegio antes de subir al despacho del director arrastrados de las orejas por el profesor de turno.

Creo que unos a otros estamos ofreciéndonos un lamentable espectáculo, estéril y decepcionante. Lamentable porque estamos desperdiciando unos maravillosos años de progreso del mundo occidental para generar un sólido progreso colectivo, estéril porque si no hay una real y verdadera confrontación intelectual de las ideas los políticos no podrán ofrecer a los ciudadanos soluciones válidas a los problemas actuales y decepcionante porque el pueblo, ilusionado porque cree que con su trabajo sustenta al político que le representa, espera de él una respuesta profesional e intelectual que no está recibiendo.

No creo que sea necesario poner ejemplos puntuales para ilustrar lo anteriormente expuesto; en los últimos 15 o 20 años hemos ido muchas veces a las urnas y hemos prestado oídos a muchos políticos que nos han vendido la bondad de sus partidos en largas y repetitivas campañas electorales y, escrutinio tras escrutinio, la realidad de los siguientes 4 años no se ha parecido en nada a la idea que nos habían transmitido – a excepción de un par de honrosas excepciones en cada bando –  y con las que nos habíamos ilusionado.

El entendimiento desde la controversia es posible, el mundo de la empresa tanto en la industria como en los servicios nos lo demuestra, la distinta visión social de un objetivo no esta reñida con el diálogo constructivo y fecundo. El bien común para ambas es siempre el punto de mira donde las mesas de negociación apuntan para alcanzar los más osados y atrevidos acuerdos de fusión o consolidación entre "irreconciliables" competidores. Pero en la política debe haber algo que lo hace especialmente difícil porque nunca se nos informa de los acuerdos alcanzados en las mesas del Congreso.

Si la orgullosa Inglaterra pudo ponerse de acuerdo con la chovinista Francia en proyectos comunes como el AirBus o el Eurotúnel, no entiendo que Murcia no pueda entenderse con Aragón o Cataluña en lo que tengan en común. Si vivimos y gozamos de un país que no tiene ni energía ni agua en abundancia como recursos naturales, no puedo comprender como los partidos que nos gobiernan no son capaces de alcanzar el mejor acuerdo para el mayor interés común en la administración de nuestros bienes escasos. Nuestros políticos son los hijos y los nietos de los que se iban a los campos franceses y a las fábricas alemanas con una carpetilla de cartón, atada como un cilicio a su muslo, donde guardaban el contrato de trabajo y la dirección de su alojamiento en destino, ¿es qué no han aprendido nada de sus mayores?, no entiendo que no se puedan poner de acuerdo en las políticas para una inmigración solidaria pero al mismo tiempo que proteja y preserve las raíces socio-culturales de la ciudadanía que representan.

Yo no estoy seguro de que deba ser un derecho de la ciudadanía conocer toda la verdad y nada más que la verdad sobre todos y cada uno de los hechos sociales. Lo que como ciudadano espero es que mis gobernantes promulguen leyes y normas de conducta que sean perdurables en el tiempo y que puedan evolucionar al mismo ritmo que lo hace la cultura de la sociedad que regulan. Como ciudadano exijo luz y taquígrafos para todas las decisiones que las Cámaras tomen en mi sagrado nombre, pero desapruebo que esa documentación pueda utilizarse como fondo de noticia intencionadamente interpretada y sesgadamente comunicada por los medios de comunicación privados y necesariamente interesados.

La sociedad en la que vivimos, la que llamamos cultura occidental, está más o menos dividida en un 40% de progresistas, otro 40% de conservadores y un 20% de varias minorías necesarias que recogen las inquietudes de los que no son, o no quieren ser, como los demás. Lo que es insoportable para un ciudadano como yo es que las prioridades sociales, éticas y morales se trastoquen cada 4 años; que las leyes sobre las que han de basarse el desarrollo colectivo y los proyectos de vida individuales puedan derogarse y abolirse en función de los colores que gobiernen; las leyes de largo alcance y de gran inercia social como las que se interesan por a la educación, la cultura y la sanidad, las que regulan las infraestructuras del Estado o las que afectan a las inversiones industriales deben ser firmes y estables; que las leyes y las normas que nos regulan sean tan inestables porque los dos 40%’s sean incapaces de alcanzar acuerdos de Estado entre ellos no contribuye en nada al progreso del país y que, para poder gobernar con exigua mayoría, los partidos gobernantes deban pactar condiciones leoninas con las minorías que les obliga a defender verdaderas barbaridades colectivas.

En este clima de permanente controversia se agotan rápidamente los argumentos constructivos. Ahora todo se traduce en exponer con franqueza, sin ambages ni atenuaciones los errores del adversario en lugar de informar e incluso recrearse sobre los propios aciertos; lo que era anunciado como un éxito en el titular de primera plana en una legislatura aparece criticado y escandalizado en los titulares de la legislatura alternativa, aquel personaje que nos hacía sentir orgullosos al verlo sentado en la presidencia de los actos internacionales ahora sufre el más feroz vilipendio y los documentos confidenciales del Estado se utilizan como amenaza o se esgrimen en las tertulias y en los debates.

Esta política de lo negativo que practican los unos y los otros no me gusta. ¿Dónde están aquellos políticos como los Padres de nuestra Constitución capaces de alcanzar consenso entre el PC y AP?, ¿es qué ahora no hay nadie que tenga esa altura de mira política? Creo no equivocarme si afirmo que la gran mayoría de los ciudadanos de esta cultura, indistintamente de su color político, tenemos una enorme coincidencia en el bagaje de nuestros intereses sociales; para administrar ese bagaje unos piensan que son mejores los enfoques liberales y otros los enfoque sociales pero cuando cada ciudadano deposita su voto en la urna espera que el partido de su elección lo haga con miras de Estado para el bien de todos.

Mi sentimiento, mi percepción social es que los políticos que nos representan no están cumpliendo con las altas miras de sus mandatos. Quizás no puedan hacer otra cosa, si así fuera lo que les pido es que los dos 40's % conjuntamente así lo digan, con un mensaje de Estado, que lo expliquen y que dediquen tiempo y recursos a la educación político-social de la ciudadanía.

El Odio de los Pueblos

Leyendo a Umberto Eco en su sorprendente libro "El Cementerio de Praga" me he cruzado con un párrafo en la pag. 453 que me ha impactado (os lo reproduzco a continuación); trata de la idiosincrasia de los judíos y de la estrategia de sus enemigos para atacarlos. Lo sorprendente es que es la misma.
Mi problema es que al leerlo me he encontrado a mi mismo pensando en que lo que dice Umberto Eco es aplicable a todos los pueblos españoles; tanto a los pueblos secesionistas, los que buscan su independencia y consideran a España su enemiga como a los centralistas, los constitucionalistas que no permiten la existencia de esos pueblos independientes y los tachan de enemigos de la Patria.


...
El enemigo para ser reconocible y temible debe estar en casa, o en el umbral de casa. De ahí los judíos. La divina providencia nos los ha dado, usémoslos, por Dios, y oremos para que siempre haya un judío que temer y odiar. Es necesario un enemigo para darle al pueblo una esperanza. Alguien ha dicho que el patriotismo es el refugio de los canallas: los que no tienen principios morales se suelen envolver en una bandera, y los bastardos se remiten siempre a la pureza de la raza. La identidad nacional es el último recurso de los desheredados. Ahora bien, el sentimiento de la identidad se funda en el odio, en el odio hacia los que no son idénticos. Hay que cultivar el odio como pasión civil. El enemigo es el amigo de los pueblos. Hace falta alguien a quien odiar para sentirse justificados en la propia miseria. Siempre. El odio es la verdadera pasión primordial. Es el amor el que es una situación anómala. Por eso mataron a Cristo: hablaba contra natura. No se ama a nadie toda la vida, de esta esperanza imposible nacen el adulterio, el matricidio, la traición del amigo... En cambio se puede odiar a alguien toda la vida. Con tal de que lo tengamos a mano, para alimentar nuestro odio. El odio calienta el corazón.
...

sábado, 8 de diciembre de 2012

No Solo Somos Mediocres

Nuestro dibujante, humorista, escritor y sobre todo filósofo Antonio Fraguas de Pablo, más conocido como FORGES, ha escrito el articulo que aquí reproduzco y cuyo contenido suscribo en su totalidad.
Cuando la mayoría de los ciudadanos de España asumamos la cruda realidad que Forges nos evidencia, entonces, podremos sentirnos orgullosos de nuestros logros, de nuestras virtudes y de las excepcionales cualidades de nuestra sociedad, de nuestra industria, de nuestro arte y de nuestra historia.
Después de leer las reflexiones de Forges les invito a ver el video que sigue.

El triunfo de los mediocres
Por: Antonio Fraguas de Pablos (FORGES)

Quienes me conocen saben de mis credos e idearios. Por encima de éstos, creo que ha llegado la hora de ser sincero. Es, de todo punto, necesario hacer un profundo y sincero ejercicio de autocrítica tomando, sin que sirva de precedente, la seriedad por bandera.

Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo.

Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes, con una huelga general, o echándonos a la calle para protestar los unos contra los otros.
Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel. Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre. Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.

Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan, alguien cuya carrera política o profesional desconocemos por completo, si es que la hay. Tan solo porque son de los nuestros. Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado  natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre, reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia. 

- Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente basura. 
- Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un solo presidente que hablara inglés o tuviera unos mínimos conocimientos sobre política internacional. 
- Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir, incluso, a las asociaciones de víctimas del terrorismo. 
- Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo tres veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado. 
- Mediocre es un país que tiene dos universidades entre las 10 más antiguas de Europa, pero, sin embargo, no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir.
- Mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro, que sin embargo, encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un país vecino bromean sobre sus deportistas. 
- Mediocre es un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada –cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada. 
- Mediocre es un país en cuyas instituciones públicas se encuentran dirigentes políticos que, en un 48 % de los casos, jamás ejercieron sus respectivas profesiones, pero que encontraron en la Política el más relevante modo de vida. 
- Es Mediocre un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por políticos que insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza. 
- Mediocre es un país que ha permitido, fomentado y celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad. 
- Es Mediocre un país, a qué negarlo, que, para lucir sin complejos su enseña nacional, necesita la motivación de algún éxito deportivo. 
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Ahora les pido que vean el siguiente enlace, esta también es la realidad de España.

http://www.youtube.com/watch?v=9QasIxZ4wT0

jueves, 29 de noviembre de 2012

D. Santiago Ramón y Cajal nos decía en 1934...


En su libro "El Mundo a los Ochenta Años. Parte II", editado en Madrid en 1934, el Premio Nóbel de Medicina, Santiago Ramón y Cajal, escribía un artículo sobre la desafección de vascos y catalanes hacia el Estado Español.

Este documento me lo ha enviado mi hermana desde Cantabria (por eso el color verde de la letra) y, como bien dice ella, podría haberse firmado hoy.

Este es el texto integro.
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"No me explico esta desafección a España de vascos y catalanes"

 "Deprime y entristece el ánimo, el considerar la ingratitud de los vascos, cuya gran mayoría desea separarse de la Patria común. Hasta en la noble Navarra existe un partido separatista o nacionalista, robusto y bien organizado, junto con el Tradicionalista que enarbola todavía la vieja bandera de Dios, Patria y Rey.

En la Facultad de Medicina de Barcelona, todos los profesores, menos dos, son catalanes nacionalistas; por donde se explica la emigración de catedráticos y de estudiantes, que no llega hoy, según mis informes, al tercio de los matriculados en años anteriores. Casi 
todos los maestros dan la enseñanza en catalán con acuerdo y consejo tácitos del consabido Patronato, empeñado en catalanizar a todo trance una institución costeada por el Estado.

A guisa de explicaciones del desvío actual de las regiones periféricas, se han imaginado varias hipótesis, algunas con ínfulas filosóficas. No nos hagamos ilusiones. La causa real carece de idealidad y es puramente económica. El movimiento desintegrador surgió en 1900, y tuvo por causa principal, aunque no exclusiva, con relación a Cataluña, la pérdida irreparable del espléndido mercado colonial. En cuanto a los vascos, proceden por imitación gregaria. Resignémonos los idealistas impenitentes a soslayar raíces raciales o incompatibilidades ideológicas profundas, para contraernos a motivos prosaicos y circunstanciales.

¡Pobre Madrid, la supuesta aborrecida sede del imperialismo castellano! ¡Y pobre Castilla, la eterna abandonada por reyes y gobiernos! Ella, despojada primeramente de sus libertades, bajo el odioso despotismo de Carlos V, ayudado por los vascos, sufre ahora la amargura de ver cómo las provincias más vivas, mimadas y privilegiadas por el Estado, le echan en cara su centralismo avasallador.

No me explico este desafecto a España de Cataluña y Vasconia. Si recordaran la Historia y juzgaran imparcialmente a los castellanos, caerían en la cuenta de que su despego carece de fundamento moral, ni cabe explicarlo por móviles utilitarios. A este respecto, la amnesia de los vizcaitarras es algo incomprensible. Los cacareados Fueros, cuyo fundamento histórico es harto problemático, fueron ratificados por Carlos V en pago de la ayuda que le habían prestado los vizcaínos en Villalar, ¡estrangulando las libertades castellanas! ¡Cuánta ingratitud tendenciosa alberga el alma primitiva y sugestionable de los secuaces del vacuo y jactancioso Sabino Arana y del descomedido hermano que lo representa!

La lista interminable de subvenciones generosamente otorgadas a las provincias vascas constituye algo indignante. Las cifras globales son aterradoras. Y todo para congraciarse con una raza (sic) que corresponde a la magnanimidad castellana (los despreciables «maketos») con la más negra ingratitud.
A pesar de todo lo dicho, esperamos que en las regiones favorecidas por los Estatutos, prevalezca el buen sentido, sin llegar a situaciones de violencia y desmembraciones fatales para todos. Estamos convencidos de la sensatez catalana, aunque no se nos oculte que en los pueblos envenenados sistemáticamente durante más de tres decenios por la pasión o prejuicios seculares, son difíciles las actitudes ecuánimes y serenas.

No soy adversario, en principio, de la concesión de privilegios regionales, pero a condición de que no rocen en lo más mínimo el sagrado principio de la Unidad Nacional. Sean autónomas las regiones, mas sin comprometer la Hacienda del Estado. Sufráguese el costo de los servicios cedidos, sin menoscabo de un excedente razonable para los inexcusables gastos de soberanía.
La sinceridad me obliga a confesar que este movimiento centrífugo es peligroso, más que en sí mismo, en relación con la especial psicología de los pueblos hispanos. Preciso es recordar –así lo proclama toda nuestra Historia– que somos incoherentes, indisciplinados, apasionadamente localistas, amén de tornadizos e imprevisores. El todo o nada es nuestra divisa. Nos falta el culto de la Patria Grande. Si España estuviera poblada de franceses e italianos, alemanes o británicos, mis alarmas por el futuro de España se disiparían. Porque estos pueblos sensatos saben sacrificar sus pequeñas querellas de campanario en aras de la concordia y del provecho común.
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