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domingo, 29 de diciembre de 2013

Un cuento urbano: El tío que buscaba a su sobrino


Erase una vez un viejo ingeniero que no se resignaba a que los avances de la tecnología le arrumbaran y por ello se empeñó en comprender para después aprender a utilizar ese nuevo instrumento que se llamaba Internet. Cuando el viejo supo utilizar ese nuevo lenguaje empezó a comunicarse con sus semejantes por medio de su mudo teclado y fue así como inició su irrefrenable vocación de mantenerse cerca de los suyos y de comunicar sus pensamientos ocultos a las generaciones que le siguen.

Comenzó a recibir respuestas a las ideas que proponía desde Chile y desde Bélgica, desde Italia y desde Francia, de Barcelona, de Zaragoza, incluso del Valle de Ruesga y desde los barrios y pueblos de Madrid y fue entonces cuando comprendió que el teclado del ordenador y su pantalla no eran un arcano, un sumidero sin fondo donde se hunden las ideas y se esconden los pecados como en la rejilla del confesionario si no que abre las puertas a un mundo transparente en el cual alguien recoge tus pensamientos, los interpreta e incluso los contesta.

Resultó que un sobrino de ese viejo ingeniero le contestó, era un artista y le decía que él también estaba aprendiendo ese nuevo lenguaje con el que se escriben las web’s y que le encantaría intercambiar experiencias con el. El viejo, devoto curioso de la belleza y de la estética, se sintió alagado por las opiniones de su sobrino y le prometió que le visitaría en su nuevo estudio para conocer la realidad que inspiraba su arte y que le hacía producir las maravillosas imágenes que le había mandado por Internet. La petición rebosaba sinceridad y el compromiso del viejo estaba lleno de buenas intenciones.

Un día ese viejo ingeniero estaba triste y deprimido; queriendo ocultar su malestar se adentró por las callejuelas del viejo Madrid como tantas otras veces había hecho y ruando y ruando llegó a la Plaza de Santa Bárbara. Pensó en su sobrino y comprendió que quizás el destino le había traído hasta ese lugar para cumplir con su compromiso de visitarle. Buscó en su gastada memoria, sabía que esa era en la Plaza pero no lograba recordar el número; quizás sea el número 10 pensó; y hasta allí se encaminó.

El majestuoso y destartalado portal de finales del s. XIX, con el número diez cincelado en la piedra angular del arco, estaba abierto, era un paso de carruajes a un patio central cuyo acceso lo cerraba una cancela de madera pintada de verde con los cuarterones de cristal esmerilado. La garita del portero tenía la luz encendida pero la puerta estaba cerrada y el portero ausente; sus tímidas llamadas por el hueco de la escalera no tuvieron respuesta y las placas de bronce, de plástico y de chapa esmaltada que listaban la identidad de los inquilinos no hacían referencia a ningún fotógrafo.

El viejo ingeniero sabía que esa era la plaza, que estaba muy cerca de poder cumplir con su compromiso y decidió seguir buscando. Dos moteros del Pizzeria de al lado estaban descansando fumando un canuto en los escalones de piedra que bajaban de la acera a la calle. Los moteros quedaros sorprendidos cuando el viejo les ofreció uno de los dos botellines de agua que acababa de comprar para saciar su sed tras la larga caminata; la sorpresa se tornó en amabilidad tras aceptar el ofrecimiento pero negaron saber dónde podría haberse instalado un nuevo fotógrafo en la plaza. Los moteros le sugirieron al ingeniero que se acercara a la emblemática y clásica cervecería Santa Bárbara porque los camareros que la atienden son unos cotillas y suelen saber lo que se cuece en los alrededores de su plaza. Un camarero mal encarado recibió al viejo y este salió del local un poco malhumorado y sin haber averiguado la razón de su sobrino.

En el centro de la Plaza, junto a un banco de la arboleda, un mendigo, bajito, rechoncho de blanca barba y una mirada penetrante dividida por una nariz roja hablaba con una mujer joven y bien vestida; el ingeniero no podía oír lo que decían pero era evidente que la conversación interesaba a ambos. Se acercó discretamente y averiguó que ella era una estudiante de sociología que estaba interesada en conocer la vida de los indigentes. Después escuchar indiscretamente la conversación durante unos minutos, el ingeniero, suponiendo que el mendigo era un aborigen de la plaza, preguntó si conocía a su sobrino, lo describió con todo lujo de detalle y como un artista fotógrafo que acababa de instalarse en la plaza en un estudio a pie de calle. El mendigo escuchó atentamente al ingeniero – mientras la estudiante de sociología tomaba notas mentales – y le contestó que no, que él era un mendigo nómada que acababa de llegar hace cinco días huyendo de los calores del sur, que estaría por la plaza una semanita más y que después se encaminaría hacia tierras gallegas para pasar el verano.

El mendigo le sugirió al ingeniero que hablara con el encargado de los baños públicos que están junto a la boca del Metro porque él era el que realmente sabía todo lo que ocurre en la plaza. El ingeniero bajó las escalerillas alicatadas de los baños públicos y le embriagó la sensación de dar un salto de un siglo en la historia, tuvo la sensación que eran los escalones del túnel del tiempo que le llevarían a los albores del s. XX. Un cartel con la inscripción “este servicio público es gratuito” colgado de un cordel encima de un urinario le dio la bienvenida. La garita del encargado, hecha con materiales de fortuna en uno de los escusados y un cristal con visillo en lugar de la tabla central de la puerta, estaba vacía. Orinó, y salió al exterior. La aguda mirada del mendigo le estaba esperando mientras emergía de las escaleras y desde la lejanía de unos treinta pasos le indicó con un inequívoco gesto que buscara al encargado a las espaldas de esa misma construcción. El ingeniero obedeció las mímicas instrucciones del mendigo y girando la doble esquina no encontró al encargado de los baños públicos pero descubrió con un completísimo puesto de periódicos.

El quiosquero y su quiosco eran todo un espectáculo; todo limpio y ordenado y la calidad de la ropa que vestía el quiosquero era elegante, impoluta, de colores alegres y conjuntados; la curiosidad del ingeniero le hizo detenerse en la oferta impresa que se exponía frente a él; periódicos de todas las lenguas y naciones, la prensa europea perfectamente ordenada en sus archivadores; los chinos, japoneses, árabes y judíos solapados unos con otros mostrando sus cabeceras como los picos abiertos de los pájaros en el nido llamando la atención; los americanos e ingleses compitiendo en una sección separada y después, todos los españoles rodeando un impresionante abanico de revistas mostrando las mujeres de moda en sus portadas. Pero desgraciadamente el quiosquero tampoco sabía nada del sobrino fotógrafo.

Y así fue como el viejo ingeniero sintió la punzada del orgullo y se empeñó en encontrar el estudio de su querido sobrino. Desde la privilegiada posición del quiosco oteo toda la plaza; a la derecha había vallas de obras en la acera y una sucursal del banco BBV, le vino a la mente una vieja canción de un cantautor de moda y decidió recorrer todos los portales empezando por la izquierda. La portera del numero 6 le recibió con un vestido de bata de tela estampada abotonada desde el cuello hasta un palmo por debajo de la rodilla; “…y como dice que se llama su sobrino” le preguntó; y el viejo le contestó Pasquale Caprile;  “…hay señoriíto, le dijo, no me diga que es hermano del modisto”, a lo cual el viejo le contestó afirmativamente, que eran dos hermanos artistas con una sensibilidad muy especial por la belleza.

La portera inició entonces un largo monólogo con el viejo ingeniero, le contó que era una modista que ya no podía trabajar por problemas en la espalda; qué se sentaba en su portal recordando cuando en la acera de enfrente de la plaza había uno de los talleres de costura más importantes del Madrid de la primera mitad del siglo XX; que desde el balcón de su casa veía los desfiles de moda que en la primavera y en el otoño se hacían en el centro de la plaza; que ahora desde su portería veía pasar muchas veces al modisto Lorenzo delante de ella porque vivía por allí cerca y que nunca se había atrevido a pararle para decirle que era una enamorada de su trabajo. Le dijo que tenía el corazón lleno de gozo por saber que iba a ser vecina de su hermano Pasquale, otro artista y además fotógrafo pero que desgraciadamente no sabía donde se estaba instalando. La mujer quedó tan consternada por no saberlo que el ingeniero le prometió que si lo averiguaba se lo vendría a contar.

El ingeniero cruzó de nuevo la plaza y fue al portal número 1; el portero de chaquetilla azul levantó la vista sobre sus quevedos y se levanto tan ágil y solícito que dejó sorprendido al visitante. No solo sabía la respuesta de dónde se estaba instalando Pasquale sino que se disponía a acompañarle hasta su mismísimo estudio; “…es aquí al lado, en el portal número 3, el que está en obras”.  La frustración fue total cuando dos candados uno en la verja de obra y otro en el portal de madera impedían la entrada. En el camino de regreso al portal del número 1 el portero le decía al ingeniero lo contento que estaba de ver como gente como Pasquale vinieran a Santa Bárbara para devolver el lustre y el esplendor a su maravillosa plaza y el ingeniero decidió cumplir la promesa de anunciar a la portera del número 6 dónde estaba el estudio de Pasquale Caprile.

Y así termina el cuento del viejo ingeniero que buscaba a su sobrino artista y que no lo encontró pero que en el camino conoció las intimidades de la plaza de Santa Bárbara de Madrid y de su gente.
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Viernes, 18 de junio de 2004


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Lo Mejor de Perderse es lo que Encuentras por el Camino

Hoy he oído una frase estupenda en un anuncio publicitario de CK, una colonia de moda cuya relación metafísica con el pensamiento de la frase no la veo por ningún lado – pero ya sabemos que lo creativos publicitarios pueden ser extremadamente imaginativos con los coches y las colonias – decía lo siguiente: “lo mejor de perderse es lo que encuentras por el camino”. Me gusta, te da un motivo para pensar y además puede aplicarse a muchos órdenes de la vida. Yo me he perdido muchas veces y de múltiples maneras en la vida y es verdad que siempre he aprendido algo de esas experiencias y que he encontrado cosas maravillosas por el camino; escuchar esa frase me ha provocado echar la vista atrás y empezar este ensayo que no se muy bien a donde me va a llevar, quizás porque esté perdido pero ya veré lo que me encuentro por el camino.

A mi me gusta viajar en coche, solo, sabiendo más o menos a donde quiero ir pero sin prisas por llegar a mi destino, y me gusta porque me gusta seguir el repente cuando llega, ese impulso brusco e inesperado de tomar ese desvío, sin motivo aparente alguno, quizás porque viste una ruina al final del camino o porque crees que la vista desde aquella loma debe ser esplendida. Sin saber porque te encuentras rodando por caminos desconocidos y al cabo de pocos kilómetros ya no eres capaz de recordar cuantos giros a derecha e izquierda has hecho y estas realmente perdido. Reacciono mirando mi entorno y tomando sentido de la realidad que me rodea, la aguja del combustible me asegura muchas horas de ruta, el reloj me anuncia que todavía tengo varias horas para disfrutar de vistas y paisajes, hago memoria de los mapas que tengo en la guantera y, cuando fumaba, encendía un cigarrillo mientras comprobaba cuantos quedan en la cajetilla de tabaco; por último, echo un vistazo panorámico al horizonte para resetear la información de mi sentido de la orientación y con todo comprobado sigo por ese camino hasta entonces desconocido para mi.

Lo que entonces ocurre es que vas descubriendo aldeas, valles, montañas y llanos cada cual con su particular estética, algunos bellos y armoniosos otros tristes y adustos; te paras en la plaza de un pueblo y tomas una bebida en el bar mientras miras el mapa intentando identificar aquella cumbre que has visto o saber el nombre del río que has cruzado. Suele ocurrir que alguien se te acerca, te pregunta si te has perdido y te empieza a contar cosas de su pueblo, cosas y hechos relevantes para ellos pero que al igual que el propio pueblo serán ignoradas en las noticias. Te cuenta que algún caballero medieval tenía allí su casa, que aquel famoso fulano es oriundo de ese pueblo, a lo mejor que es su primo o te relata con todo detalle cuando y donde aquel famoso artista se sentaba para derrochar su arte.

Después vuelves a subirte al coche y sigues tu ruta mientras recuerdas lo que aquel personaje te ha contado del caserón que te encuentras a la salida del pueblo o del rescate que tuvo que hacer en el desfiladero que empiezas a cruzar;… y cuando después de varias horas de recorrer parajes hasta entonces desconocidos para ti, meditas sobre la vida que ellos encierran, en que allí hay lucha por la vida, ambiciones y desilusiones, me doy cuenta de la razón que tenia mi madre cuando me decía que allí donde hay un hombre hay dolor y felicidad y que nadie más que él sabe porqué, con qué, para qué y con quién es capaz de ser feliz o de sufrir.

Cuando llego a mi destino y repaso mi viaje, tengo en mi memoria nuevas imágenes de lugares y situaciones, ni más bellos ni más feos, ni mejores, ni peores de los que ya tenias, simplemente son otros distintos que han enriquecido tu pobre sabiduría de la vida.

Pero también me he perdido por los caminos del alma y también allí, cuando no sabía ni quien era ni donde estaba, he encontrado refugio en otros sentimientos distintos a los que hasta entonces había vivido. Y descubres a personas que dependen de lo que tú desprecias, que atesoran tus nonadas, que son capaces de encontrar amor donde tú ves odio y que odian lo que tú veneras. Personas lejanas, personas con otras culturas y raíces, con otros valores y con otras prioridades de vida tan distintas a las que hasta entonces vivías y que te confunden, te enredan y que se convierte en un dédalo para ti. Y cuando estas perdido en esa encrucijada suele ocurrir que cerca de ti hay alguien que te observa, que igual que tú el también está en la zozobra buscando su camino y sabe que le vas a dar lo mismo que tu estas buscando, una orientación, una referencia. Y entonces afloran los instintos más primarios y te arropas y te acurrucas a su lado y aprendes a vivir otra vida que te enriquece, que te hace mejor persona porque conoces mejor a tus semejantes, porque te descabalga de tus atavismos, porque te hace comprender que tu adversario también sufre, porque reconoces el oxímoron de ser único y singular en medio de tan aplastante uniformidad de sentimientos.

Cuando sales del laberinto y vuelves a encontrarte con tu vida reconoces en los demás algunos valores que antes despreciabas y cada vez escuchas más y hablas menos porque vas aprendiendo que la sabiduría de los demás te enriquece. Es una frase muy cierta, “lo mejor de perderse es lo que encuentras por el camino”, supongo que la habrá escrito algún pensador oriental - aunque he intentado averiguarlo, no lo se - pero la tomo como mía porque me reafirma en que soy como soy porque he vivido lo que he vivido intentando comprender a los demás sin juzgar a nadie que no sea mi propia persona, que la felicidad lo mismo que la libertad no está en las circunstancias sino en las personas, y que la felicidad y la libertad son – como binomio
inseparable – la más sublime expresión de la voluntad.
30-oct-2009

sábado, 9 de noviembre de 2013

Extrema juventud

Mi querida y joven amiga:

Estas radiante sentada junto a tu marido, vestida con traje blanco, rodeada por quien te quiere en el banquete de tu boda.  Cuando supe que te casabas no pude resistir la tentación de venir a ver la felicidad de mi más aventajada alumna. 

Como un peregrino me refugié entre las columnas de la Iglesia y te he visto avanzar hacia el altar, por la alfombra roja, del brazo de tu orgulloso padre. Llegué a tu pueblo mientras tú aún dormías y rondé los lugares que hace cinco años me descubrías con tus relatos después de nuestras furtivas y apasionadas tardes. Sentido a sentido, aprendiste a desvelar los secretos de la sensualidad, del gozo y la pasión.

Guardo todos los detalles de tu cuerpo vivos en mi memoria; mientras reconocía los lugares de tu infancia recordaba tus formas; mientras veía las jugosas praderas donde de niña jugabas te imaginaba tumbada a mi lado, recorriendo tu cuerpo con mi boca y con las yemas de mis dedos; mientras sentía el suave aire de las montañas que alborotaba tus rizos, olía el perfume de tu pelo y el susurro de tu gozo; mientras oía el agua del arroyo en el que por primera vez te sentiste mujer, saboreaba tus carnosos labios. 

Todo aquello que aprendiste ahora debes usarlo para hacer muy feliz a tu marido.  Él te esperaba en el altar con la mirada limpia; te recibió con gesto seguro pero tierno, varonil pero delicado.  Él se merece que le hagas sentir todo lo que yo te he enseñado.  Recuerda que tu conocimiento sobre como manejar los sentidos es la mejor arma para que tú seas siempre el foco de su vida, pero recuerda, él nunca ha de percibir que le aventajas en el saber del sexo y del amor.  

Muéstrale tu sensibilidad rompiendo tu pudor paciente y delicadamente; no le escatimes placeres, entrégate con dulce pasión y exígele su viril potencia.  Guarda para él, para su disfrute, algunas formas de tu sensual insinuación; muéstrale tu rasurado pubis y ofrécele el dulce ácido de tu icor. No, no le escatimes los placeres que desea, te he enseñado a entregarlos mientras los disfrutas; has aprendido a leer el maravilloso lenguaje del instinto, no esperes a que te lo pida, pero mide tu entrega; déjale sentir su dulce fétido olor mientras le permites que te estremezca.  Conduce sus manos por tu cuerpo hasta que te aprenda, enséñale las claves que aprendimos juntos y guíale hasta que sepa cuando, donde y como. 

Tu sabiduría sensual es mi regalo de boda para los dos; compártelo con él y seréis muy felices.  Yo me quedo con los recuerdos de tu extrema juventud.  Cuando pasen los años y veas que tu cuerpo empieza a perder su lozanía no dejes que se pierda tu hasta entonces secreta sabiduría; encuentra un pupilo que lo merezca y enséñale todos los secretos que conoces. 

Adiós joven alumna, estoy orgulloso de ti pero esta será la última vez que tengas noticias de mi; no me busques entre tus invitados, ya he marchado.  Solo permíteme un último consejo, quema esta carta. 

Tu viejo maestro no te olvidará

Octubre de 2004



Según Pasan los Años

Según pasan los años se dilata la distancia entre las dos personas que llevamos dentro, la una es aquella que el tiempo ha ido acomodando a las circunstancias de tu vida, a los sentimientos de las personas queridas y amadas, a la familia que te engendró y a la que tú has creado. Pero hay otro yo en tu interior, esa persona que, poco a poco, experiencia tras experiencia, has ido forjando en la intimidad, la persona que nació cuando rondabas los 30 años y que has ido alimentando con tus sueños y con tus ilusiones; la persona perfecta, la que estas formando desde tu conocimiento y desarrollando con tu experiencia, evitando que cometa los errores que tú cometiste, sabiendo lo que tú aprendiste.

Según pasan los años la lucha entre ambas personalidades se va endureciendo; se enfrenta la necesidad de respetar y ser leal con aquellos que te han traído hasta aquí, con el ímpetu de tu otra personalidad, colmada con las inquietudes propias de su juventud; tu presente, tu realidad se enfrenta con el deseo de querer cumplir tus ilusiones, con el vehemente impulso de permitir a ese ser que llevas dentro cumplir sus sueños, los sueños e ilusiones que cuidadosamente has ido archivando en aquel arcano rincón que celosamente has guardado solo para ti.

Según pasan los años vas urdiendo el futuro de ese otro yo; le enseñas los lugares que ha de conocer, le educas para que comprenda las otras culturas y creencias, le das las claves para conocer y valorar a las personas, para reconocer el amor verdadero, para saber por qué algo es ético y justo, le vas enseñando las prioridades de la vida y a identificar aquello que es realmente importante. A es otro yo -en resumen- le enseñas el camino de la felicidad personal; y lo haces desde tu propia experiencia en lo bueno y en lo malo, le enseñas como conseguir lo que tú has conseguido y qué debe hacer para alcanzar las cotas que tú no has hollado.

Según pasan los años ves como se acerca el día en el que ese otro yo saldrá de tu vida para vivir la suya. Te da miedo, te asusta pensarlo pero sabes que inevitablemente ocurrirá, casi siempre ese otro yo comenzará su vida con tu muerte pero, a veces, si tienes el valor suficiente, le darás “la suelta” en vida y, orgullosamente, desde tus propias circunstancias, podrás vivir su vida.

Pero dime, ¿quién es ese otro yo?

Te lo diré. Ese otro yo es aquel que sabe dominar su enfermiza generosidad y es capaz de pensar un poco más en sí mismo. Es aquel que tiene el valor de hacer lo que debe, incluso violentando la lealtad. Es aquel que sabe apartarse de los “dream eaters”. Es esa persona que no renuncia a sus sueños cuando no son compartidos. 

Es esa persona capaz de no reprimir sus deseos, de no tener pudor de sus pensamientos y de poderlos expresar sin temer a la ofensa. Ese otro yo es el que puede darse a conocer compartiendo sus pensamientos más ocultos, porque se siente respetado en su intimidad, tanto como él respeta la de los demás. Los atavismos de esa otra persona son cuna de experiencia y no mordaza de sentimientos. 

Ese otro yo es aquel que puede disfrutar de la debida libertad personal sin ser cuestionado ni censurado.

Y ahora, dime tú, ¿podrías amar a esa persona?

8-oct-2010, un sábado lluvioso.

martes, 29 de octubre de 2013

La Vejez


No se si tengo el valor suficiente para vivir la vejez. Yo también confieso que he vivido y son muy pocos los días que prefiero que no hubiese amanecido. He amado y me siento amado, espero haber hecho gozar tanto como yo he gozado, mi trabajo ha sido honesto y espero haber contribuido al bienestar de la sociedad que me ha acogido. He venerado y respetado a la generación que me engendró y recibo el amor y respeto de los que me siguen.

¿Qué más puedo pedirle a vida, qué más puede darme?, solo dolor y decadencia, ver como el tiempo roba mis sueños, soportar el desengaño de los sentimientos, percibir la lenta e implacable perdida de los sentidos y sufrir la impúdica humillación del cuerpo.

No quiero, no me gusta recibir más de lo que puedo dar y eso es de lo que trata la vejez. ¿Por qué el anciano tiene la mirada triste?, el hilo de vida que le queda ha perdido su libertad y le araña el alma, solo puede esperar la llegada de la inevitable muerte sin poder ofrecer nada más que el estorbo de su existencia.

No quiero guardar mis pensamientos ocultos, no quiero vivir si no tengo la libertad de poderlos confesar. Acaba de amanecer…ya brilla el cielo con el azul limpio de Andalucía, sueño con los verdes valles de mi Cantabria.

15 de septiembre de 2005, en vuelo de Madrid a Almería